Crítica de “Wonder Wheel”, de Woody Allen. A LA VEJEZ, ESTRÓGENOS.

Vaya por delante que al grueso de los miembros de esta redacción nos resulta particularmente difícil ser objetivos –valga la paradoja cuando de críticas, esto es, opiniones, se trata- con las creaciones de Woody Allen, al calor de cuyos títulos míticos muchos nos enamoramos apasionadamente del séptimo arte, pero el cariño hacia los seres queridos de uno no debería volverle ciego ante su senectud, que no senilidad, ni evitar la constatación con casi cada estreno del último decenio de que probablemente sus años más brillantes ya hayan quedado atrás.

Inspira el título de esta crítica nuestra relativa sorpresa ante la deriva que va tomando la inspiración de Woody hacia el melodrama clásico. Aunque el director ha mostrado a menudo a lo largo de toda su carrera un cierto interés por el universo femenino más allá de la tristemente habitual concepción del bello sexo como objeto de deseo o adoración fruto de esa mera belleza, ha sido en el último lustro cuando ha dado un salto cualitativo convirtiendo en el centro de su narrativa a dos antiheroínas que bien podrían haber sido dibujadas por la pluma de Tennessee Williams. En ningún momento pretendió ocultar Allen que el personaje interpretado por Cate Blanchett en “Blue Jasmine” no era más –ni menos- que la Blanche du Bois de la magna obra de aquel “Un tranvía llamado deseo”, decepcionándonos con ello a unos cuantos que hemos resultado no ser tan incondicionales. Y ahora… parece que lo ha vuelto a hacer.

No decepciona este genio con “Wonder Wheel” porque nuevamente haya tomado prestado el guión -pues, en esta ocasión, al menos nos ofrece el valor añadido de haber recurrido a la ouija para preguntar al dramaturgo americano“¿a ti qué se te ocurre?”-, ni tampoco lo hace porque estemos ante una mala película, que no lo es. Decepciona porque esta más que digna película quizás no la podría haber dirigido cualquiera, pero –y hiere incluso pensarlo- un autor de folletines la habría escrito en términos prácticamente idénticos.

Se desarrolla la acción de “Wonder Wheel” al costado de la noria que da título a la película, principal atracción del parque de Coney Island, donde, en los años ´50, se marchita Ginny (Kate Winslet), una actriz frustrada reciclada en camarera que asiste desesperada a la amenaza de partida de su último tren hacia el sueño del amor romántico que parece ofrecerle el joven salvavidas aspirante a escritor interpretado por Justin Timberlake, con el que inicia una aventura que la ayuda a sobrellevar la falta de glamour y pasión de la vida marital con su segundo esposo, operador del carrusel del parque (James Belushi), y que se trunca al aparecer en escena la hija de este, Carolina (Juno Temple), en su huida de la persecución de una banda mafiosa encabezada el que fuera su marido.

Como cabía esperar, Winslet está inmensa, convincente y poderosa en el patetismo de su personaje de narcisista que se despide de su juventud ultrajada por la aparición de la hija política y el doloroso descubrimiento de que su mera existencia de criatura hermosa y tierna puede machacar sus vanos sueños hasta convertirlos en polvo. No se molesta Allen en dotar de una personalidad al personaje de Carolina, tal vez porque su propia vacuidad hace más punzante el dolor sin cura de su antagonista, la abeja reina que se cree desaguijonada cuando, en realidad –sospecha el espectador-, apenas nunca ha regentado una colmena propia. Sólida resulta igualmente la interpretación de Belushi, lo más parecido a una persona de verdad que muestra el filme. De Justin Timberlake… prefiero ni hablar. Y deslumbrante hasta el aplauso es la fotografía de Vittorio Storaro, quien consigue que las imágenes “floten” la mayor parte del tiempo.

Sin embargo, y aunque, quién sabe si por el tonto alivio cómico que pretende suponer el insignificante hijo pirómano de Winslet o por el autoengaño al que puede conducir el tan reconocible lenguaje visual y musical del autor, algunos la hayan calificado de “dramedia”, ese término que podría haberse ideado precisamente para describir algunas de las mejores películas de Allen, muy poco hay de este género híbrido en “Wonder Wheel”, como muy poco hay del genio capaz de unir eslabones de nihilismo, hilaridad y poesía mediante la cadena fraguada con las neurosis que todos los humanos compartimos. Te echamos de menos, maestro. Vuelve, al menos una vez, antes de irte.

 



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