Pequeña pantalla, pequeña crítica: “The end of the f**king world”

¡Enhorabuena! Has sobrevivido unas Navidades más: desde la primera a la última de las jornadas festivas, familiares e hipercalóricas y sus interludios no precisamente dedicados a dar carreritas y alimentarte de lechuga (¿por qué, abuela, por qué has de dejar esa bandeja del pecado dentro de mi campo visual en todo momento, que hasta el turrón de praliné de pera que no habría mirado dos veces en día grande allá por el 29 se me antoja de un atractivo irresistible rayano en lo erótico?). El caso es que vuelves a la rutina casi con ganas –insondables misterios de la naturaleza humana- y te encuentras con que la borrasca ha hecho acto de presencia justo a tiempo para evitar que los pantanos vinieran a absorbernos a nosotros y con que salir a la calle a mover un músculo requiere de tenerlos más gordos que un Guardián de la Noche. Así las cosas, te ves en la obligación de conectarte a esa plataforma de cuyo nombre quizás querría acordarme si tuvieran el buen gusto de patrocinarnos. Nah, no nos hace falta; así somos más “indies”… (no, no me miréis, no estoy llorando).

El descubrimiento de la semana –porque ya sabemos que en el mundo “serial” así se miden los tiempos- ha sido, para quien suscribe, la británica “The end of the f**king world”, una apuesta por el humor negro protagonizada por dos adolescentes que, hastiados por sus respectivas vidas, deciden fugarse de los hogares paternos: una, por pura rebeldía del pavo de toda la vida y el otro, por ver en ella a la óptima primera víctima humana en su carrera como “psycho-killer”. Por supuesto, este será el inicio de una secuencia de catastróficas desdichas contadas en clave de comedia irreverente.

La primera pregunta que se plantearán aquellos que ya peinen canas es en qué medida podrán sentir la mínima empatía indispensable para que algo te guste de verdad hacia unos personajes principales que son un par de niñatos de clase media, bien alimentados y muy probablemente con su buena PS4 en su cuarto, que no tienen nada mejor que hacer que largarse de casa y preocupar a sus padres. Si esto último se ha pasado por tu cabeza, seguramente el padre seas tú, pero, en ese caso, ¿de dónde ibas a sacar el tiempo para ver esa serie o incluso para leer esta crítica? En mi no tan modesta opinión, la sátira es la gran equiparadora de los seres humanos (tras la que no se nombra, claro está) y, en la narrativa propia de una comedia negra y desbocada, hermanos, todos somos iguales, aun cuando el detonante de los primeros acontecimientos sea inconcebible para alguien mayor de 18. Advierto, no obstante que, en este género, más allá de muy honrosas excepciones que todos tenemos en mente, comenzando por “Breaking bad”, uno debería olvidarse de ahondar en la psique de los personajes. La segunda advertencia es que abunda una voz en off que ayuda a mantener el tono humorístico pero que, a mi modo de ver, también infantiliza bastante a los ya de por sí jóvenes protagonistas.

Si dais una oportunidad a los 8 episodios de esta primera temporada, que podréis ver sin más solución de continuidad que la que requieren el reflejo de micción y la gula como si se tratara de una peli de algo menos de tres horitas, daréis con un argumento, un montaje y un ritmo que enganchan, una mirada perturbadora (atentos a la protagonista Jessica Barden, una de esas actrices que algunos no se atreven a mencionar como objetos de deseo por parecer considerablemente más jóvenes de lo que en realidad son) una banda sonora de las que nos enamoran a los nostálgicos y alguna que otra simpática sorpresa en el casting, como una auténtica Greyjoy de las Islas del Hierro que casi resulta entrañable en su papel de policía lesbiana.

Eso sí: no os llaméis a engaño, porque todo lo que vais a encontrar aquí es perfectamente olvidable, así que no esperéis que os dejen huella ni la potencia de las imágenes (técnicamente correctas, oportunas, eficaces, sin más), ni lo salvaje o macabro de la trama (que fuera profunda doy por supuesto que es algo que ni concebíais). En pocas palabras: la deglutiréis con gusto y sin pausa, como una bolsa de “fritous, fritous, fritous, fritous de maíz”, os dejará las papilas bien impregnadas de umami y, al cabo de un rato, pensaréis “¿por qué no habré cenado algo que me alimente más? ¿abuela, dónde estás ahora que te necesito?”. Quizás sea que ya lo hemos visto todo…

 

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