Pequeña pantalla, pequeña crítica: “Paquita Salas”.

Como no sólo de cine vive el hombre, y, a estas alturas de noviembre, el riesgo de acabar con el careto tan hierático y azul como el del Rey de la Noche hace más prescindible el salir a la calle en pos de grandes pantallas, estos peliculeros se han aventurado en las procelosas aguas de las plataformas televisivas para calmar su ansia viva por la narrativa en formato audiovisual. Tan aguerridos guerreros habían de tener su recompensa y esta ha llegado con la forma y las dimensiones más inconcebibles: nada de “The handmaid´s tale” o “Stranger Things 2”, no; prepárese el respetable para abrir los ojos ante la oronda figura de “Paquita Salas”.

Paquita, “PS” para los amigos y leales servidores, es una representante de actores de personalidad excéntrico-cañí y mucho más que asertiva que se jacta de conocer a los miembros más influyentes del “star-system” patrio y demuestra a cada paso su disposición a hacer cualquier cosa (léase con tono sensualón setentero) para encumbrar a sus artistas hasta… qué sé yo… ¡de Puente Viejo pa´ arriba! Con semejante introducción, habrá quien se esté imaginando a una despampanante Samantha Jones en versión ibérica mostrando su talento en al menos varias decenas de posturas, pero si os estáis haciendo ilusiones con eso… ¡os estáis quedando cortos!

PS es una mujer de bandera, sí, pero necesitaría la de la Plaza de Colón para cubrir mínimamente su anatomía, y talento (y talante) no le falta, aunque se las vea y se las desee para sacar a flote su agencia, esa que creó en los ´90, que es exactamente la época en la que se ha quedado. Como si de un reportaje se tratara, Paquita, en 5 episodios de apenas 20 minutos, nos va contando el porqué de su éxito y descubriéndonos -¡pobres advenedizos!- los secretos de su “savoir faire”, mientras los espectadores, mirándola a los ojos, tardamos unos pocos segundos en percatarnos de que nada tiene que ver su fantasía de omnipotencia con la realidad decadente de una autónoma sobreviviendo a duras penas como un punching-ball con el que el Cosmos parece cebarse, al principio con nuestra complicidad, pues, de entrada, la protagonista puede caer tan gorda como es.

Pero si el universo de Paquita conquista no es por las situaciones cómicas  –en ocasiones, incluso hilarantes- que se suceden en él, ni tampoco por el innegable atractivo del eterno perdedor en su epicentro, y ni siquiera por los guiños a las celebridades nacionales y el siempre ameno desfile de cameos con el que nos obsequia en cada entrega –empezando por la bella Macarena García y culminando con un sorprendente Andrés Pajares-, sino por el estilazo con el que el personaje principal encaja los golpes, su tesón, su confianza en sí misma, su espíritu de lucha –y lo dejo aquí sólo porque me estoy recordando a José Luis Moreno y me está dando miedo mirarme al espejo- y, a fin de cuentas, por su brutal capacidad para conmovernos.

Es esta una mujer como no hay otra, tanto es así que quien la interpreta es un hombre, el extraordinario en este papel Brays Efe, quien, mirando a cámara, me hace acordarme de Eric Stonestreet en su Cameron de “Modern family”, al que acompaña destacadamente Belén Cuesta, la que ya parece la actriz fetiche de los codirectores Javier Ambrossi y Javier Calvo.

Esta temporada primera, única hasta ahora, tiene una duración que viene a equivaler al metraje de un largo. Paquita Salas hace reír, emociona y te deja con ganas de más. ¿Cuántas películas has visto últimamente de las que puedas decir eso?

 

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