Crítica de Prometheus, Ridley Scott y los propios dioses

En un planeta con un gran parecido a la Tierra, un ser alienígena, un titán que luego será denominado como “ingeniero” se detiene frente a una catarata y bebe un líquido negro de un oscuro artefacto que lleva consigo. Rápidamente vemos que ese líquido provoca la destrucción de su ADN y que su cuerpo se desintegre en el río, lo que provocará el inicio de la vida en la superficie de este planeta. Así comienza Prometheus, con la épica y la profundidad de las grandes preguntas que acompañan al ser humano: ¿De dónde venimos? ¿Quién nos ha creado? ¿Con qué propósito? Ridley Scott se pone trascendente en su regreso a la ciencia ficción de la mano del universo de Alien, la película que le lanzó a la fama hace ya treinta y tres años. Como han cambiado las cosas desde 1979, cuando Alien llegó de tapadillo como una producción de terror de bajo presupuesto, amparada por Roger Corman y Walter Hill, y de manera inesperada redifinió un género tan anquilosado en esa época como la ciencia ficción. Prometheus es en cambio todo lo contrario, una superproducción seguida por una legión de fans, con una promoción apabullante (unos trailers con un montaje muy cuidado para dar pistas pero no desvelar lo importante de la trama) y una producción y un reparto del más alto nivel.

Aunque Scott se niegue a reconocerlo, Prometheus es una precuela (término que cada vez suena peor) de la entrega original de Alien, aunque bien es cierto que se trata de una película independiente  y que no tiene que rendir cuentas a ese clásico. Tras el sobrecogedor prólogo (un tanto desconcertante pero con un poderío visual extraordinario) somos testigos del comienzo de esta aventura: los arqueólogos Elizabeth Shaw (Noomi Rapace) y Charlie Holloway (Logan Marshall-Green, un actor clavadito a Tom Hardy) descubren una cueva con unas pinturas que son un hallazgo extraordinario: se repiten en las más antiguas civilizaciones e indican la existencia de una civilización extraterrestre. Pasados dos años, estos arqueólogos se embarcan en una expedición científica a bordo de la nave Prometheus, con el patrocinio de Weyland Enterprises. La paradoja aquí es que Prometheus se vende como una película dentro de la mitología Alien (y aquí lo dejo para los que no quieran saber más de la trama) pero que sin embargo se pone a un nivel intelectual mucho más alto de lo que tenía la película original. Si Alien era un ejercicio de estilo que jugaba con unos personajes encerrados en una nave espacial invadida por una criatura con un apetito destructivo sobrenatural, Prometheus se disfraza de aventura espacial que pretende desvelarnos los orígenes de la humanidad y responder a las grandes preguntas.

La cuestión, claro, es que apostar tan alto tiene sus peligros y mas cuando  la nave se deja en manos de unos guionistas que no tienen claro el rumbo como Jon Spaihts y sobre todo Damon Lindelof, ese vendemotos que ya nos la jugó a los seguidores de Perdidos. Repleto de frases pomposas pero vacías, personajes no muy bien definidos y alguna incogruencia, el guión de Prometheus es tan ambicioso y a la vez tan débil que pese al íncreible y apabullante despliegue visual no queda en la retina del espectador nada memorable, ni siquiera una película entretenida. Si el comienzo es prometedor y espectacular, el segundo acto es una sucesión de escenas sin interés que remata con un final forzado y a la vez totalmente previsible. Si Alien apostaba por crear una atmósfera opresiva y angustiosa, sugiriendo mas que mostrando, Prometheus se decanta por el espectáculo puro y duro, sin ningún tipo de cortapisa en el terreno de los efectos visuales, con enormes naves (que  poco recuerdan a la cafetera del Nostromo), hologramas, peleas espectaculares, explosiones gigantescas, criaturas amenazadoras y hasta un zombie…

Tampoco los personajes ofrecen grandes alegrías y es que salvo dos de ellos el resto no ofrece ningún tipo de aliciente. Lo mejor es el personaje de David, ese androide heredero de los Ash, Bishop y Call de las otras películas de la saga. En un  fantástico  homenaje a David Lean (referencia innegable de Ridley Scott) y su obra maestra Lawrence de Arabia, Michael Fassbender ofrece lo mejor de su repertorio metiéndose en la piel de un androide que no esconde sus aviesas intenciones. Sin duda, el personaje con el que más podemos identificarnos  y conectar es el que interpreta Noomi Rapace, la arqueóloga Elizabeth Shaw y que pronuncia la frase que tiñe el tono de la historia (y que a la vez es la más ñoña): “Uno elige en qué creer”.

 

Desgraciadamente hay que tener mucha fe para seguir esta película visualmente brillante pero hueca y con unas pretensiones desmesuradas. Es una lástima que un material con tantas posiblidades, unos actores tan buenos como Charlize Theron, Idris Elba o Guy Pearce y un director de tanto talento se desperdicien con esta película con un envoltorio tan impactante pero que en el fondo no cuenta nada, explica menos y lo que es peor amenaza con continuar en otra secuela.

Trailer Prometheus

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