Crítica de “¡Madre!” de Darren Aronofsky. ALEGORÍA DEL NARCISISMO (EL DEL AUTOR, POR SUPUESTO)

¿Qué le sucede a uno cuando dirige Cisne negro y su moderada popularidad se convierte en grandioso éxito y numerosas críticas internacionales cantando las loas de lo que algunos han llamado obra maestra por la singularidad de su lenguaje narrativo, la expresividad de sus imágenes y lo novedoso del concepto –términos que, os pongáis como os pongáis, vienen a significar más o menos lo mismo, si es que significan algo-?

Al parecer, lo que ocurre en estos casos –lástima no poder decirlo por experiencia- es que esos ecos resuenan en la cabeza del destinatario de las alabanzas y este, por poco hipertrofiado que esté su ego de creador, o bien afronta con dignidad esa sequía del escritor que tan bien ves plasmada en la propia ¡Madre! cuando aún tienes tus esperanzas puestas en ella, o bien se lía la manta a la cabeza y hace lo que dicen que ha hecho este caballero: redactar en cinco días un guión a partir de una pesadilla sufrida por él mismo. En cinco días y, probablemente, estando de resaca. Y añado: una resaca de garrafón.

No se puede decir que la película empiece mal: desde los primeros segundos, se suceden las imágenes sugestivas (y no me estoy refiriendo a los pezones de Jennifer Lawrence transparentándose, sin que ose decir que no sean merecedores de ser glosados… o de algo) y, cuando uno es un espectador agradecido y algo cultureta y acude virgen de opiniones ajenas, ya empieza a recrearse en el morboso disfrute del ambiente desasosegante que este director es capaz de crear. Y es que, si Hitchcock fue el maestro del suspense, Aronofsky es el puto amo de la angustia.

Una mujer despierta sola en un gran caserón de arquitectura tradicional, pero alambicada, que ocupa el centro de un claro en el bosque y parece aislado de todo vestigio de civilización. Ese será el único escenario de la narración y, por supuesto, pieza fundamental para condensar el aire claustrofóbico que se respira durante todo el metraje. Al poco, aparece él, un Javier Bardem cuya elección es más que acertada para ese papel de poeta de prestigio que busca la inspiración en un hogar conyugal antaño reducido a cenizas que su –cómo no- joven y bella esposa se afana en reconstruir en el sentido literal y material de la palabra.

Sorprende en un primer momento la elección de la Lawrence para el papel que se presenta como protagónico, pues la innegable estética de sus pezones al trasluz no logra hacer olvidar lo inexpresivo de su rostro de muñeca de cera. Ciertamente, pocos calificativos se le pueden aplicar al personaje aparte de los de joven y bella. Tiende uno a recordar en ese momento a Natalie Portman encarnando a las criaturas de Tchaikovski y -¡qué odiosas, siempre, las comparaciones!- a preguntarse si al realizador le fascinan tanto los retos de la dirección actoral que no ha querido ponérselo demasiado fácil a sí mismo. Después, sin embargo, te das cuenta de que tiene sentido: así había de ser la efigie de quien sirve de  hilo conductor a una narración como esta.

No transcurren muchos minutos antes de que dé comienzo el desfile de personajes salidos de la nada que, por motivos poco fundados, irrumpen en la vida de la pareja ganándose la confianza instantánea de él y provocando la creciente incomprensión e incomodidad de ella. Entre esos personajes cabe destacar al interpretado por Michelle Pfeiffer, cuyo rostro anfibio, perdida mucho tiempo atrás la ternura del cachorro, parece hecho a la medida para encarnar a la magnética mujer madura que se toma cuantas libertades considera oportuno para juzgar el escaso sentido de la hospitalidad de la joven, hacer surgir en ella dudas acerca del amor de su esposo o manifestarle su desdén.

Hasta aquí, todo bien. Muy bien incluso. La cosa promete. Pero sabes a lo que has ido y no puedes dejar de temerte lo peor… o lo mejor. Porque si hubieras querido ver un thriller al uso, francamente, no habría sido esta la película elegida. Así las cosas, te crees muy listo imaginando que asistes a un relato alegórico sobre los efectos de la acción de los egos bulímicos sobre las vidas de las almas cándidas que se les acercan demasiado, y, dando por supuesto que ese es sólo el leitmotiv, te encuentras esperando ansioso un punto de giro a la altura del intrigante planteamiento, el idóneo casting, la perfecta puesta en escena y la correcta dirección de actores.

Entonces llega la decepción. Tarda en llegar, desde luego, porque te la han colado con lo que se asemejaba a un segundo acto de calidad que no quieres creerte que vayan a dejar sin resolución y, además, porque cuando todo empieza a irse de madre como si un grupo de psicópatas en primero de guión se estuvieran turnando en la creación de las sucesivas escenas con los becarios de los Monty Python, las secuencias perturbadoras te ametrallan de tal forma que difícilmente te funciona algo más evolucionado que el cerebro reptiliano. Pasada esa impresión y el pico de la presión sanguínea que provoca a los espíritus delicados, sólo queda una dolorosa previsibilidad.

Y hablo de dolor porque cuando presencias cómo cada uno de los supuestos hitos del desenlace coincide con lo que cualquier espectador medio, dedicando cuatro o cinco minutos a reflexionar sobre la trama, podría anticipar que ocurriría te sientes, como mínimo, defraudado ante una película que cumple de sobra su función primaria de entretener y que está razonablemente bien dirigida, pero cuyo guión no daba más que para un corto.

Inevitablemente habrá –y serán legión- quienes digan que nos hallamos ante una obra magna que pretende provocar reacciones emocionales más que intelectuales, aun dejando lugar para la reflexión profunda sobre el futuro de la Humanidad ante el maltrato al que sometemos a la Madre Tierra –y suma y sigue, que parece ser que da más gustito a medida que ocupas más líneas con pedanterías-. Sin embargo, muchos salimos de la sala estupefactos ante semejante tomadura de pelo. ¿Acaso los espectadores que se reían ante lo surrealista de las situaciones eran los más tontos del lugar? Algunos estábamos demasiado indignados incluso para reírnos.

Lo que me pregunto es si el amigo Darren se ha tragado su propio bálsamo de Fierabrás y realmente cree que ha regalado a estos pobres mortales “La Obra Definitiva” o si está pensando en pezones y descojonándose en su mansión de Malibú ante la suerte que tiene de ser ya “un autor consagrado” y de tener tantos fieles seguidores que le laman el culo incluso cuando lo que sale de él es esto.

Me gusta pensar lo segundo, porque, cuando lo hago, me viene a la mente la imagen del Gran Lebowski en bata y calzoncillos quemaos´ y hace que me caiga hasta simpático, y porque lo primero… me da mucho miedo.

Trailer Mother!

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2 Comentarios

  1. Reich dice:

    Gran critica!

  2. jacks dice:

    Locuaz, divertida y con cierto punto de ironía- (Me refiero a la crítica, la película no la he visto….todavía!).
    Mi pregunta es… ¿puede uno valorar si una crítica de una película es buena o mala sin haver visto siquiera la película?
    Todo depende del color del cristal con que se mire! Yo entiendo que si leyendo una crítica de una película que no has visto ni te habías planteado ver te entran unas imperiosas ganas de ver la película, estamos ante una buena o muy buena crítica! Y señoras/es…. a un servidor, leyendo esta crítica, le está picando la curiosidad por ver esta nueva película de Darren Aronofsky….ni que sea solo por tener el privilegio de observar en la gran pantalla “la innegable estética de sus pezones al trasluz ” de Jennifer Lawrence, imagen que el misterioso crítico L de Lucas (o tal vez es critica que se esconde bajo un pseudomasculino) eleva a la categoría del punto estético más importante del largometraje si tenemos en cuenta que se refiere a susodichos pezones hasta en dos ocasiones.

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