Crítica de “La llamada”, de Javier Ambrossi y Javier Calvo. SIMPLEMENTE, ILUSIÓN

 

Hay historias que son demasiado pequeñas para que algunos podamos darnos el lujo de confesar que nos gustan. Normalmente, cuando hablamos de ellas, solemos justificar nuestra opinión positiva apelando a nuestra edad temprana, a la inexperiencia o al estado emocional “frágil” del momento en el que las descubrimos, para, a continuación, impostar un tonillo de condescendencia hacia esa versión rudimentaria de uno mismo que tan fácilmente se quedaba satisfecho, el imbécil de él.

Dependiendo de la capa de la estratosfera de la intelectualidad en la que nos situemos como espectadores, cuando de cine se trata, cabe la posibilidad de que nos sirva de excusa exculpatoria el aval de la obra literaria renombrada en la que se inspire, el que haya sido realizada por un director prestigioso pero de los que no reniegan de ninguna de sus criaturas o su reconocimiento en algún certamen que las élites gafa-pastas aún no hayan incluido en su lista negra como “vendido a la industria” (¡oh, Demiurgo, líbranos de esa gente que pretende ganar dinero con lo que hace!). Para algunos, no se salva ni La princesa prometida. Pobres… borrar la propia infancia es tan triste como no haberla tenido.

La llamada es un musical de factura relativamente modesta versionado para la gran pantalla por quienes lo idearon para las tablas y, según parece, protagonizado por quien ya le había dado carne en la imaginación de uno de sus autores, Javier Ambrossi, hermano de Macarena García. Macarena, sus ojos brillantes y su feminidad atemporal interpretan a una adolescente que, mientras pasa el verano en un campamento de la sierra comandado por monjas junto a una amiga del alma –Anna Castillo, en su punto como “choni” de manualillo- con la que forma una banda de electro-latino, descubre de forma inesperada e indeseada una apasionada vocación religiosa.

Seducida por las más populares de entre las baladas de Whitney Houston que entona un Dios crooner que se le aparece como una vieja gloria de Las Vegas, la buena de María-Macarena se enfrenta a tan infartante experiencia como lo haría al amor cualquier quinceañera. Y lo hace coreada por su mejor amiga y un par de monjas estereotipadas hasta la caricatura: una joven, pusilánime y dulce como la diabetes (Belén Cuesta, cuyas innegables dotes para la comedia quizás no justifican, pero sí explican su ubicuidad en las pantallas) y otra madura, orgullosa y rancia en la mejor tradición de las religiosas que pueblan los recuerdos de infancia de unos cuantos (estupenda Gracia Olayo). Todas, huelga decirlo, con un corazón de oro, todas prestas a ampliar sus miras y todas, ante un viento tan propicio, incluso a cambiar ellas mismas de rumbo vital.

No espere nadie un guión brillante ni números musicales de relumbrón, ni tan siquiera originales (el tema central, de hecho, da cierta pereza, con perdón por el chiste infame). La la land, por ahora, sólo hay una –gracias, por cierto-. Pero pocos podrán negar la diversión que proporciona un argumento con momentos hilarantes y un rosario de temas musicales que no arrasaron en su día fruto de la casualidad. Sumadle a eso unas buenas intenciones evidentes y un muslo juvenil aquí y otro allá y tendremos que convenir en que los codirectores nos lo han puesto fácil para darnos una fabulosa merienda a base de… chocolatinas. Y, cierto es, no será Jabugo, pero ¿tan amargados estamos como para negar lo bien que saben?

Hay historias que son demasiado pequeñas para lo grandes que nosotros pretendemos parecer. Esas son las que podremos ver un año tras otro y nos seguirán haciendo sonreír como la primera vez.

Trailer La Llamada

 

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