CRÍTICA DE “LA FORMA DEL AGUA”, de Guillermo del Toro. “EL ROTO Y EL DESCOSIDO” UNIDOS POR UN CUENTACUENTOS

A Guillermo del Toro le entusiasma su profesión. No me sorprende. Somos muchos los que, como él, de niños no sólo escuchábamos fascinados los cuentos ajenos, sino que soñábamos con ser aquellos que los contaran y cautiváramos de ese mismo modo a nuestra audiencia, ya estuviera esta formada por cuatro vecinitos sentados en torno a ti, ya por un público variopinto que llenara salas comerciales de todo el planeta. Por esa razón, su obra exuda esa autenticidad de quien ama lo que hace.

Así, quienes conservamos a flor de piel la capacidad de ilusionarnos empezamos a ver su nueva película con más simpatía que espíritu crítico. La premisa es más bien sencilla: durante la Guerra Fría, una chica de la limpieza muda, Elisa (inmensa Sally Hawkins), que trabaja en un centro científico de alta seguridad situado en Baltimore, descubre que en él mantienen recluido a un anfibio antropomorfo (Doug Jones), con quien crea un vínculo de complicidad sin palabras que cambiará su vida.

Desde los primeros segundos de metraje, nos encontramos con esa atmósfera evocadora que estábamos esperando: el diván en el que duerme la protagonista, los relojes, su apartamento de plano irregular y los pasillos de paredes desconchadas, la sala de cine, el autobús que la lleva a su trabajo cada día, el recinto en el que encierran al ser, su estanque… Todo es hermoso de esa manera onírica de los cuentos de hadas, donde sabes quién es pobre y quién rico, quién es héroe y quién villano sin necesidad de recurrir al feísmo. Un imaginario que nos recuerda a otras obras del mismo director y a clásicos modernos como “Amelie” –rebajando el contenido en almíbar visual de esta última- y que nos transmite la sensación de que estamos a salvo en un mundo tan alejado de la realidad que nada puede acabar mal.

Conocer a la heroína del filme y sus rutinas nos mantiene en ese estado de ánimo. La elección de Hawkins (“Blue Jasmine”) para el papel no ha podido ser más acertada: no logro concebir otro que ese poco agraciado y tiernamente expresivo rostro para encarnar a la mujer solitaria pero compasiva, frágil pero valiente, que consigue comunicarse con el que a ojos de todos no es sino un monstruo sólo apto como eventual arma de guerra. Elisa vive una vida sencilla y rutinaria –gris, para algunos- con cierta alegría, sin pedir más de lo que tiene, o quizás sabiendo que está destinada a tenerlo todo –algo se intuye en su mirada-, cuya cotidianeidad comparte con otros dos personajes igualmente ajenos al brillo del éxito convencional: una compañera de trabajo hastiada de su indiferente marido (Octavia Spencer) y un viejo vecino homosexual fracasado como dibujante de carteles comerciales que ya no pueden competir con la aséptica y eficaz imagen fotográfica (Richard Jenkins –“A dos metros bajo tierra”-).

Inconmensurable la protagonista, estupendos ambos secundarios y grandioso el villano, interpretado por Michael Shannon (“Revolutionary road”, “Animales nocturnos”), quien, abocado necesariamente a ser odiado por el espectador, consigue, sin embargo, serlo como un hombre real insensible a lo ajeno, y no como la mera caricatura de la maldad.

Grandes interpretaciones, imágenes sensorial y emocionalmente hermosas desde el primer hasta el último segundo, una tensión dramática que se mantiene por sus dos horas de duración… ¿De qué adolece esta película para no llegar a la categoría de obra maestra? Del corazón. Y no por su ausencia, no. A “La forma del agua” le sobra corazón. Para quien suscribe, el corazón de cualquier pieza artística narrativa está en la historia que cuenta, en el qué, y no en el cómo (sin ser este en absoluto irrelevante), y el guión de del Toro podría haber sido un ejemplo magistral de realismo mágico, pero, intuyo que precisamente por reflejar sin ambages la visión sincera de su autor, se ha quedado en un subgénero de lo fantástico rayano en lo infantiloide, amén de resultar en su desarrollo y desenlace bastante previsible. No altera esta percepción sobre su rango narrativo el recurso prolijo a la sexualidad, desde las masturbaciones matinales de la protagonista, naturalizada con el influjo erótico del agua, hasta la culminación de su romance con el anfibio escultural en el amor físico. Esto sólo pone de manifiesto que no estamos ante la enésima película “disneymundista” para todos los públicos, con el consiguiente resentimiento de la taquilla, y que quien la ideó, como exponente del freaky medio, aúna el romanticismo de una quinceañera con la saludable libido de su compañero de clase onanista y aspirante por igual a poseer su alma inmortal y su efímera entrepierna.

No obstante, una vez más, Guillermo del Toro ha creado una obra honesta en la que ha puesto exactamente lo que a él le ha dado la gana poner, y el resultado ha sido un bello poema que ilustra valores como la compasión, la humanidad, la lealtad y esa radiante esperanza de que todos merecemos ser amados y que en algún rincón del mundo nos espera el ser que nació para hacerlo realidad. Hasta aquí, la fábula de quien merece ser reconocido como mejor director del año.

 

 

 



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