Crítica de “Kingsman: el círculo de oro”, de Matthew Vaughn. MÁS QUE EFICAZ CINE PALOMITERO, ¡Y A MUCHA HONRA!

Duda uno entre empezar esta crítica describiendo la película con una frase tan gastada por el uso como “diversión en estado puro” o hacerlo con un consejo no solicitado: conócete a ti mismo.

La primera opción requiere poca explicación: te vas a encontrar con un blockbuster en el que cada segundo de metraje ha superado en coste el presupuesto de muchos Ayuntamientos patrios, una combinación apabullante de “James Bond”, “Men in Black” y las entregas de “Batman” más imbuidas de la estética cómic con la única –y muy digna- pretensión de hacerte salir del cine entusiasmado tras más de dos horas en las que tus problemas del primer mundo habrán quedado en el olvido. Y no se queda en pretensión: su director Matthew Vaughn, con unas credenciales a considerar como la producción con Guy Ritchie de “Lock & Stock” (1998) y “Snatch: Cerdos y diamantes (2000)” y la realización de “X-Men: Primera generación (2011)”, se ha encargado de que reúna los ingredientes para procurarte ese sano placer.

Pero, ¡ay, amigo!, a ver estas películas conviene ir sin prejuicios, lo que requiere no sólo tolerancia hacia lo banal del género, sino también contención de las expectativas que pueda habernos creado la precuela. Cualquiera que se haya subido a una montaña rusa sabe lo que se siente haciéndolo; si espera que cada nueva atracción que abran en el parque supere la intensidad de las emociones que le creó la anterior está abocado a la decepción porque –seamos realistas- todo tiene un límite. Así las cosas, relájate y disfruta de la experiencia, que sí, que ya sabemos que de loopings y giros vertiginosos va a ir la cosa, pero no tenemos ni repajolera idea acerca de la dirección del viraje o del grado de la pendiente que nos espera a la vuelta de cada plano… ¿Te parece poco para generar tu expectación? Si es así, ahórrate el precio de la entrada. Pero si has sido bendecido con esa capacidad, disfrútala como un crío.

El argumento es simple: el cuartel general de la agencia secreta británica Kingsman y el grueso de sus filas son destruidos por un cartel de narcotraficantes que ha conseguido el monopolio del negocio (el sueño de Escobar) y se impone el recurso a la alianza con una organización de espionaje hermana en USA, cuya tapadera es una licorería centenaria. No es necesario haber visto “Kingman: Servicio secreto”, primera parte de esta saga –que prevemos y esperamos que sea larga, aunque tendrá que multiplicar sus esfuerzos para mantener la capacidad de atención de niño hiperactivo que caracteriza al humano del siglo XXI-, para entender la segunda. Todo se entrega al espectador bien mascadito y con los flashbacks oportunos para dotar de continuidad a los personajes, más que a la historia en sí, del todo independiente de la línea argumental de la precedente.

La nueva aventura va, cómo no, de salvar el mundo, pero eso, obviamente, es lo de menos; los apabullantes medios no están al servicio de la brillantez, la originalidad o, ni tan siquiera, la coherencia del guión, sino a la del entretenimiento extático de un espectador ante el que, de forma inmediata, comenzará a desplegarse un brutal espectáculo pirotécnico de efectos visuales impactantes, golpes de humor gamberro y escenas de acción de las que hacen época… hasta que, felizmente, las olvidas.

Como no iba de escatimar la cosa, también se nos ofrece un reparto irreprochable donde abundan figuras casi puramente ornamentales cuya presencia parece encaminada a recordarnos el ingente coste de producción. Es un “más vale que sobre” constante, porque, si bien papeles como el de Jeff Bridges resultan tan prescindibles como, por ello mismo, lo habría sido pagar su caché, ¿quién quiere minimalismo cuando va a ver una película como esta?

Destaca, en cuanto al elenco, la personalidad delirante de una villana divertidísima, Julianne Moore, esa señora de la escena que puede hacer lo que le venga en gana porque está igual de convincente así la vistas de ama de casa sureña con problemas de autoestima o la pongas como sociópata megalómana que no entiende por qué no habría de ser ella quien domine el mundo. Correcto también está Pedro Pascal, ese tipo ubicuo que está aprovechando el nicho de mercado para el galán latino aguerrido y carismático que podría ser para Javier Bardem si este no se estuviera aferrando a su rol de artista y obviando una labor tan valiosa (y social como la que más) como la de entretener. Por el impecable Colin Firth muchos sentimos una debilidad que nos impide evaluar con objetividad –si es que tal cosa existe- sus cualidades actorales, pero serán pocos los que puedan negar que, si este hombre puede ser miembro de una agencia de inteligencia secreta, habrá de serlo necesariamente de una camuflada como sastrería de Kensington. Y no vamos a dejar de mencionar –perdonen los haters- el algo más que cameo de Sir Elton John, al que hacen protagonizar momentos surrealistas de trazo grueso, sí, pero absolutamente hilarantes.

En cada toma se pone de relieve que no aspiramos aquí al realismo y al naturalismo. Esto no es un drama intimista de Haneke, sino una superproducción de acción cómica sobradamente a la altura de las expectativas. Tampoco la encontrarán de su agrado los incondicionales de los thrillers que se autodenominan “serios” y que siguen siendo previsibles hasta la náusea, esos que a muchos nos provocan sólo esto último. Y es que, cuando ya sé cómo algo va a terminar, yo lo que quiero es esto: que me hagan segregar adrenalina como si mi vida fuera la que peligrara, que me hagan reír por tonterías sublimes, que me sobreestimulen a base de golpes de efecto descabellados, que me mantengan en ese estado de ánimo exaltado y que me lleven a exclamar “cómo mola” casi saltando en el asiento más de dos y de tres veces.

Una cinta honesta, pues, que da lo que promete: diversión pura y dura, momentazos que no te cambian la vida, pero que… ¡joder, qué bien sientan!

Trailer Kingsman El Círculo de Oro

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