Crítica de El legado de Bourne, superespías del siglo XXI

Se fue el director responsable de las dos últimas y exitosas entregas – Paul Greengrass– y también el protagonista – Matt Damon – pero la franquicia Bourne vuelve con más fuerza que nunca de la mano del guionista de las tres entregas anteriores, Tony Gilroy, autor de esa bomba de relojería contra los poderosos llamada Michael Clayton. Sin el actor que dio vida a este espía amnésico sacado de la imaginación del escritor Robert Ludlum, ¿que podemos esperar de esta nueva película? ¿un reboot ahora que están tan de moda? ¿una continuación sin Jason Bourne? Gilroy sigue el camino más inteligente y nos presenta una historia paralela pero que a la vez tiene lugar al mismo tiempo que los hechos que ocurren en el final de la tercera parte, El últimatum de Bourne. En esta ocasión la trama se centra en otro super agente secreto entrenado para las misiones más difíciles, otro “Bourne” perteneciente a un proyecto paralelo pero del mismo estilo: una máquina de matar eficiente y letal creada por los últimos adelantos en la ciencia genómica que se rebela contra sus creadores. En realidad, un trasunto del actual James Bond, que perdió su personalidad y su estilo justo cuando Bourne comenzó a tener éxito.


Jeremy Renner es el heredero de este papel tan jugoso y hay que reconocer que cumple de sobra con su cometido, con una presencia física que no tiene nada que envidiar a la de su predecesor. Quizás su personaje no tiene la hondura psicológica de Bourne -aquí no hay una intriga para conocer el origen del personaje ni el juego de identidades- pero Gilroy se mantiene fiel a los elementos de la serie: juegos de poder, traiciones en nombre del patriotismo más burdo,  operaciones gubernamentales en la sombra y como novedad, el dopaje de agentes secretos para convertirlos en auténticos asesinos perfectos. Todo comienza cuando se destapa la operación Treadstone, aquella que llevó a Bourne a convertirse en uno de estos espías programados. Los mandos en la sombra se ponen nerviosos y deciden no arriesgar con las operaciones paralelas a este proyecto: deciden eliminar todas las pruebas y por supuesto, a los agentes que (aún en activo) pertenecen a él. El agente Aaron Cross es capaz de escapar y huye de sus antiguos superiores (interpretados por Edward Norton y un sorprendente Stacey Keach) con la ayuda de la doctora Martha Shearing (una siempre estupenda Rachel Weisz), que le descubrirá los secretos de sus extraordinarias habilidades.

 

Gilroy impone su sello personal y El legado de Bourne se trata de una cinta de precisión, heredera de las mejores películas del género de los setenta como Chacal o Los tres días del Cóndor. Por supuesto contiene muchísima acción, resuelta con bastante elegancia la mayoría de las veces pero su guión requiere del espectador bastante más atención de lo esperado, no sólo por sus conexiones con las películas anteriores (algunas demasiado rebuscadas y poco clarificadoras si no las has visto recientemente) sino porque se incide en los aspectos y temas más interesantes de la saga Bourne, destacando las alteraciones genéticas de estos agentes con habilidades y fortalezas prácticamente sobrehumanas. Algo que sin lugar a dudas da verdadero miedito y que mucho me temo  no está muy lejos de la realidad. Como los omnipotentes medios que utilizan los gobiernos para conocer hasta el último detalle de nuestras vidas y movimientos. Cada vez que veo eso en el cine, no puedo evitar sentir un escalofrío…

Trailer El legado de Bourne

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