Crítica de El dictador, un tirano perdido en Nueva York

Está claro que Sacha Baron Cohen y su director de referencia Larry Charles no conocen límites para desmontar, subvertir y desmembrar los cimientos de lo políticamente correcto. El dictador cierra una oficiosa trilogía que comenzó la sorprendente Borat, con su estilo documental e irreverente que seguía las desventuras de ese atolondrado reportero de Kazajistán, continuó con el divertido gurú de la moda gay Bruno y ahora cierra con esta nueva carga de profundidad a la sociedad norteamericana (y por ende a todas las occidentales) disfrazada de crítica contra los regímenes totalitarios. La primera en la frente: estos dos artificieros del humor empiezan  con nada más y nada menos que un homenaje en toda regla al recientemente fallecido dictador norcoreano Kim Jong-II, toda una declaración de intenciones de no dejar títere con cabeza y no cortarse ni un pelo en esta gamberra, divertida y provocativa película.  

Cohen interpreta a Hafez Aladeen, un dictador que gobierna con su arbitrario y cruel puño de hierro la imaginaria república de Wadiya, situada en el norte de África e inspirada en países como Egipto, Sudán o Iraq. Trasunto de Gadafi, Mubarak o Sadam, caprichoso, narcisista, megalómano e intolerante – aunque también profundamente solo en el fondo- Aladeen tiene que viajar a la sede de las Naciones Unidas en Nueva York para evitar una intervención internacional en su país. Su viaje a América le depara una desagradable sorpresa: será objeto de una traición en su círculo más cercano y pasará de ser un temible dictador en su tierra a un desconocido y anónimo ciudadano en Estados Unidos. Este hilarante y caricaturesco personaje es el arma para que Cohen dispare su arsenal de gags  sobre cualquier tema imaginable (la religión, el sexo, la raza, las relaciones internacionales, la democracia, etc.), algunos mejores que otros pero siempre directos a la mandíbula en esta sátira política que no duda en llenar la pantalla de obscenidades, bromas, exabruptos y todo tipo de burradas para provocar la carcajada del espectador.

 

El truco, la gracia y a la vez el misterio para que este deleznable personaje nos parezca (dentro de su ruina moral) simpático es algo que ya nos mostró Santiago Segura en Torrente y sus continuaciones: convertir a estos pobres diablos en protagonistas de historias hilarantes, divertidas e incluso tiernas pese a su ruina moral, a sus episodios escatológicos y sus actos cobardes. En realidad, podría comparase a Cohen con Segura porque en Estados Unidos no existe (al menos que yo conozca), un cómico con ese talento para sacar partido de las situaciones más cutres y llevarse por delante cualquier tema por tabú que sea. Pese a todo, El dictador es un producto más convencional que sus predecesores (Borat y Bruno) y abandona el estilo documental e improvisado de aquellas, siendo una ficción en su totalidad. Sin embargo, su acabado no borra su marca de bomba inteligente, en el sentido más intelectual del término claro, y por supuesto es una crítica feroz a la sociedad occidental y sus contradicciones.

Pese a lo anterior, no hay que olvidar que El dictador es una comedia y  contiene muy buenos gags y situaciones tan divertidas que es complicado que el espectador no sonría en algún momento. La secuencia del helicóptero y su broma acerca del 11-S, la bizarra escena de amor en medio de un disparatado parto, las cómicas intervenciones de celebrities como Megan Fox y Edward Norton, la descacharrante facilidad con que el sátrapa se deshace de sus enemigos (reales o imaginarios) con un simple gesto… En definitiva una ráfaga de chistes que no dejan (o no deberían) dejar indiferente a nadie. Por supuesto, Cohen y Charles homenajean a la célebre El gran dictador de Chaplin, y no sólo en el título, sino en el argumento y especialmente en el discurso final, una actualización del original para los tiempos que corren y que compara la democracia occidental con la dictadura islámica. Y esto sí que es no es una broma.

Trailer El dictador

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