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Crítica de “La llamada”, de Javier Ambrossi y Javier Calvo. SIMPLEMENTE, ILUSIÓN

 

Hay historias que son demasiado pequeñas para que algunos podamos darnos el lujo de confesar que nos gustan. Normalmente, cuando hablamos de ellas, solemos justificar nuestra opinión positiva apelando a nuestra edad temprana, a la inexperiencia o al estado emocional “frágil” del momento en el que las descubrimos, para, a continuación, impostar un tonillo de condescendencia hacia esa versión rudimentaria de uno mismo que tan fácilmente se quedaba satisfecho, el imbécil de él.

Dependiendo de la capa de la estratosfera de la intelectualidad en la que nos situemos como espectadores, cuando de cine se trata, cabe la posibilidad de que nos sirva de excusa exculpatoria el aval de la obra literaria renombrada en la que se inspire, el que haya sido realizada por un director prestigioso pero de los que no reniegan de ninguna de sus criaturas o su reconocimiento en algún certamen que las élites gafa-pastas aún no hayan incluido en su lista negra como “vendido a la industria” (¡oh, Demiurgo, líbranos de esa gente que pretende ganar dinero con lo que hace!). Para algunos, no se salva ni La princesa prometida. Pobres… borrar la propia infancia es tan triste como no haberla tenido. +Sigue leyendo

Crítica de “¡Madre!” de Darren Aronofsky. ALEGORÍA DEL NARCISISMO (EL DEL AUTOR, POR SUPUESTO)

¿Qué le sucede a uno cuando dirige Cisne negro y su moderada popularidad se convierte en grandioso éxito y numerosas críticas internacionales cantando las loas de lo que algunos han llamado obra maestra por la singularidad de su lenguaje narrativo, la expresividad de sus imágenes y lo novedoso del concepto –términos que, os pongáis como os pongáis, vienen a significar más o menos lo mismo, si es que significan algo-?

Al parecer, lo que ocurre en estos casos –lástima no poder decirlo por experiencia- es que esos ecos resuenan en la cabeza del destinatario de las alabanzas y este, por poco hipertrofiado que esté su ego de creador, o bien afronta con dignidad esa sequía del escritor que tan bien ves plasmada en la propia ¡Madre! cuando aún tienes tus esperanzas puestas en ella, o bien se lía la manta a la cabeza y hace lo que dicen que ha hecho este caballero: redactar en cinco días un guión a partir de una pesadilla sufrida por él mismo. En cinco días y, probablemente, estando de resaca. Y añado: una resaca de garrafón. +Sigue leyendo